
¿Puede ser nuestro silencio cómplice?, de las arteras represalias de gobernantes impíos, crueles y sanguinarios que han olvidado lo que debía ser su primer mandato. Sostener a su pueblo, levantarlo y transformarlo. Nuestro silencio si es cómplice cuando acallamos las atrocidades, cuando no nos oponemos a los abusos; cuando vemos o sabemos que miles salen a las calles para pedir lo que nosotros sabemos es un derecho inalienable, para tratar de manejar sus vidas y gozar de prosperidad, pertenecen a tierras ricas en recursos y lo que debía ser su fortaleza se transforma una y otra vez en debilidad. El oro negro solo alberga desvencijadas poblaciones populares y en el otro extremo el brillo del oro y la abundancia es su compañero sempiterno.
Túnez, Egipto, Bahréin y Libia algunos de los que comenzaron y la respuesta del mundo occidental, tibia, los muertos seguirán en las calles y morgues, las madres llorarán a sus hijos, los huérfanos asolaran las calles los intrépidos periodistas nos mostrarán los cadáveres destazados para conmovernos y nosotros acá en el mundo “libre”, miraremos televisión en una tibia cama esperando lo que nos deparará el día de mañana

